Una imprenta, miles de banderas y un barrio que volvió a encontrarse por Malvinas
En una esquina de Boedo, donde el ruido de las máquinas suele marcar el ritmo cotidiano, la imprenta Cumbre cambió por un día el trabajo comercial por un gesto colectivo que terminó desbordando todas las expectativas. La propuesta era sencilla: llevar una remera, una bandera, una sábana o cualquier tela para estampar la silueta de las Islas Malvinas. A cambio, quien pudiera, dejaba un alimento no perecedero o una colaboración destinada a una olla popular del barrio.
Lo que parecía una jornada solidaria terminó convirtiéndose en un fenómeno inesperado. Una fila de cuatro cuadras, más de 3.200 piezas impresas y vecinos llegados desde distintos puntos del país transformaron el taller de Castro 934 en un punto de encuentro donde las historias personales se mezclaron con la memoria colectiva.
«Había una necesidad de encontrarse y de unirse por algo en común», resume Iván, diseñador gráfico y dueño del taller, que desde hace más de una década impulsa actividades abiertas para poner su oficio al servicio de distintas causas sociales. Esta vez, el impulso nació tras la imagen de la bandera de Malvinas desplegada por la Selección argentina, una postal que despertó un fervor inesperado.
Entre las escenas más conmovedoras apareció la de Carlos, quien llevó una bandera destinada a viajar hasta las islas para ser depositada en la tumba de un familiar caído en la guerra. También hubo excombatientes, niños que los conocían por primera vez y abrazos cargados de emoción.
Lejos de cualquier fin comercial, la jornada confirmó que un taller de serigrafía puede convertirse en un espacio donde la tinta imprime mucho más que telas: deja huellas de identidad, solidaridad y pertenencia. Por eso, el próximo sábado volverán a abrir las puertas con la misma consigna: que cada estampa sea, también, una forma de mantener viva la memoria y la defensa de la soberanía.